Quedé estupefacto. Era un puntito negro, casi invisible, y yo le hubiera creído un escollo colocado á tres kilómetros, cuando menos, de la costa.
Y repliqué.
—Pero capitán, en el sitio que me indica, lo menos debe haber cien brazas de agua.
Él se puso á reir.
—¡Cien brazas!—me contestó:—amigo mío, le aseguro que no hay ni dos.
Era bordelés y siguió hablando:
—Son las nueve y cuarenta minutos y estamos en marea alta. Dé un paseo por la playa con las manos metidas en los bolsillos; almuerce luego tranquilamente en el hotel del Delfín, y yo le prometo á las dos y cincuenta, á las tres lo más tarde, podrá llegar hasta el pecio á pie enjuto; allí podrá permanecer una hora y tres cuartos, dos horas lo más, pero no se descuide pues se vería preso. Cuanto más lejos se va la mar, más de prisa vuelve. Esta costa, por lo llana parece un plato, pero créame, emprenda el camino de regreso á las cuatro y cincuenta, y á las siete tomará de nuevo el Juan Guitón que esta misma noche le dejará en La Rochela.
Di las gracias al capitán y me senté en un banco de proa para contemplar la pequeña ciudad de San Martín, que se acercaba rápidamente.
Se parece á todos los puertos en miniatura que sirven de capital á las pequeñas islas sembradas á lo largo de los continentes, y es una aldea grande, una aldea de pescadores que tiene un pie en el agua y otro en tierra, una de esas aldeas que viven de pescado y pollos, legumbres y mariscos, rábanos y almejas. La isla es baja, poco cultivada, y sin embargo me pareció muy poblada: pero no penetré en el interior.
Después de haber almorzado, franqueé un pequeño promontorio, y como la mar se alejaba rápidamente, crucé la arena dirigiéndome hacia una especie de roca negra que á lo lejos y en el agua se distinguía.