Según escribía el armador, la tempestad había arrojado muy lejos al barco y había sido imposible ponerle á flote. Y de prisa, á escape, había precisado trasbordar la carga. Yo tenía que hacer una información y comprobar el estado del pecio, apreciando cuál debía ser su valor antes del naufragio y averiguar si se habían intentado todos los recursos para salvarle. Iba como agente de la compañía, para declarar luego contradictoriamente si se necesitaba, pues el director, al recibir mi informe, tenía que adoptar las medidas que estimase convenientes para poner á cubierto nuestros intereses.

El capitán del Juan Guitón conocía bien el asunto, pues con su barco había tomado parte activa en las tentativas de salvamento.

Me refirió el siniestro, y me convencí de que en él no había habido nada extraordinario. El María José, empujado por furioso vendaval y perdido en la noche, navegando por un mar de espuma—un mar de sopas de leche, como decía el capitán,—había ido á encallar en los inmensos bancos de arena que, en las horas de marea baja, convierten las costas de aquella región en Saharas ilimitados.

Mientras hablábamos, yo miraba á mi alrededor y delante de mí, pues como entre el Océano y el pesado cielo quedaba un espacio libre, podía verse de lejos. Estábamos cerca de tierra y pregunté:

—¿Es la isla de Ré?

—Sí, señor.

Y de pronto, el capitán, extendiendo el brazo derecho, y señalando un punto casi imperceptible que á lo lejos se distinguía en alta mar, me dijo:

—Ahí tiene usted el navío.

—¿El María José?

—Sí.