—Faltaría más.
Y leyó ocho páginas escritas con letra grande, letra inglesa, que las cruzaban en todos sentidos. Y las leía lentamente, con la formal atención y con el interés con que se hacen las cosas que nos llegan al alma.
Cuando hubo terminado, dejó la carta encima de la chimenea y dijo:
—Ésa es una historia rara, una historia sentimental que nunca te he contado y cuyo protagonista fuí yo. ¡Rarísimo día de año nuevo el del año aquél! Y hace ya veinte años... pues entonces tenía treinta, y ya tengo cincuenta.
Era inspector de la compañía de seguros marítimos que hoy dirijo, y me disponía á pasar el día primero de enero en París, pues es cosa convenida que ese día ha de ser de gran fiesta para todos, cuando recibí una carta del director en la que me ordenaba saliese sin pérdida de momento para la isla de Ré, donde había naufragado un buque de Saint-Nazaire, de tres palos, que nosotros habíamos asegurado. Eran las ocho de la mañana; llegué á las oficinas de la compañía á las diez, con objeto de recibir instrucciones, y la misma noche tomaba el expreso que al día siguiente, 31 de diciembre, tenía que dejarme en la Rochela.
Dos horas faltaban para que saliese el Juan Guitón, el barco de Ré, y las aproveché para dar un paseo por la ciudad. Verdaderamente, La Rochela, con sus calles que se entrecruzan como un laberinto, y cuyas aceras se extienden por galerías sin fin, soportales bajos, aplastados y misteriosos, que parecen construidos para cobijar conspiradores y que ostentan el decorado antiguo y sorprendente de las guerras de otros tiempos, las guerras de religión, salvajes y heroicas, es una ciudad extraña y de mucho carácter. Es la verdadera ciudad hugonota, grave, discreta, sin arte soberbio y sin ninguno de los monumentos que magnifican á Rouen, pero notable por la severidad de su aspecto, algo socarrón eso sí, aspecto de ciudad que encierra batalladores tercos y obstinados, donde deben germinar fanatismos, la ciudad donde se exaltó la fe de los calvinistas y donde nació el complot de los cuatro sargentos.
Después de haber vagado un rato por esas extrañas callejuelas, subí al vaporcito negro y tripudo que había de llevarme á la isla de Ré. Y el vaporcito se puso en marcha dando resoplidos de cólera, pasó por entre las antiguas torres que guardan el puerto, cruzó la rada, salió del dique construido por Richelieu, dique cuyas enormes piedras se ven á flor de agua encerrando á la ciudad en inmenso collar, y, luego, torció hacia la derecha.
Era uno de esos días tristes que oprimen, aplastan la imaginación, comprimen el alma y extinguen en nosotros toda fuerza y toda energía. Día gris, día glacial que ensuciaba pesada niebla, húmeda como la lluvia y fría como el hielo, niebla que al entrar en la boca, al respirar, parecía que se mascaba barro de cloaca.
Bajo aquel techo de niebla opaca y siniestra, la mar poco profunda y arenosa de las ilimitadas playas se extendía sin una arruga, sin moverse y sin vida; mar de agua turbia y grasienta, de agua estancada. El Juan Guitón pasaba por ella balanceándose para no perder la costumbre, y cortaba la lisa sábana dejando tras sí algunas olas, algunos chapaleteos y ondulaciones que se calmaban en seguida.
Y entablé conversación con el capitán, un hombrecillo casi sin piernas, rechoncho como su barco y balanceándose como su barco también, pues quería que me diese detalles del siniestro de que por mí mismo iba á darme cuenta. Un buque de tres palos, el María José, en una noche de huracán, había embarrancado en las arenas de la isla de Ré.