Mis observaciones me dejaban turulato; se destapó el champaña, yo tendí mi copa á la reina, y bebí á su salud después de haberle dedicado un cumplido. Claramente me di cuenta de que deseaba taparse la cara con la servilleta; y cuando humedeció sus labios en el espumoso vino, todos se pusieron á gritar: «¡La reina bebe! ¡La reina bebe!». Ella se puso colorada como una amapola y se atragantó. Todo el mundo reía, pero me convencí de que en la casa la querían mucho.

III

Terminada la comida, Chantal me cogió por un brazo. Era la hora del cigarro, hora sagrada. Cuando estaba solo se iba á fumar á la calle, pero cuando tenía invitados, se subía al billar y se jugaba una partida fumando. Aquella tarde, como era día de Reyes, se había encendido la chimenea de la sala de billar; y mi antiguo amigo, después de coger su taco, un taco muy fino que frotó cuidadosamente con blanca tiza, dijo:

—Para ti, muchacho.

Á pesar de mis veinticinco años, como me conocía desde niño me tuteaba.

Empezó la partida: hice algunas carambolas, marré otras, pero como el recuerdo de la señorita Perla no dejaba de dar vueltas por mi imaginación, pregunté:

—Dígame, señor Chantal; la señorita Perla ¿es parienta suya?

Muy asombrado, dejó de jugar y me miró fijamente.

—¡Cómo! ¿Tú no sabes?... ¿No conoces la historia de la señorita Perla?

—No.