—¿Tu padre no te la contó nunca?
—No.
—Pues es raro, vaya si es raro, porque se trata de una aventura en toda regla.
Y se calló para decir momentos después:
—¡Y si supieses lo extraño que es que me preguntes eso hoy, en día de Reyes!
—¿Por qué?
—Por qué, por qué... Escucha. Hace cuarenta y un años, cuarenta y un años hoy mismo, día de la Epifanía, y vivíamos en Roüy-le-Tors, en las fortificaciones... pero ante todo y para que comprendas bien, tengo que explicarte cómo era la casa. Roüy se alza en una colina, mejor dicho, en un altozano desde el que se domina gran extensión de prados, y allí teníamos nosotros una casa con un pensil. La casa estaba en la población, en la calle, pero desde el jardín se dominaba toda la llanura. Y ese jardín tenía una puerta de salida que daba al campo, al extremo de una escalera secreta practicada en el espesor del muro, una escalera como se encuentran tantas en las novelas. Por delante de esta puerta pasaba un camino, y en la puerta había una campana, porque los campesinos, para evitarse un rodeo, nos traían las provisiones por allí.
«Te das cuenta del lugar ¿no es eso? Pues bien, ese año, cuando llegó el día de Reyes, hacía una semana que no había cesado de nevar. Parecía el fin del mundo. Cuando íbamos á las fortificaciones para contemplar la llanura, aquella inmensa extensión blanca, blanca y helada que brillaba como si le hubiesen dado una mano de barniz, nos metía el frío en el alma. Se hubiera dicho que Dios empaquetaba la tierra para enviarla al granero de los viejos mundos, y te aseguro que aquello era muy triste.
«Vivíamos en familia y éramos muchos: mi padre, mi madre, mi tío y mi tía, mis dos hermanos y mis cuatro primas, lindas muchachas, de las cuales, la más pequeña es mi mujer. De tanta gente sólo vivimos tres, mí mujer, mi cuñada que vive en Marsella, y yo. ¡Canastos! ¡qué pronto se acaba una familia! Sólo al pensarlo me pongo á temblar. Entonces tenía quince años, ahora... ahora tengo cincuenta y seis.
«En fin, íbamos á celebrar la fiesta de Reyes, y todos estábamos contentos, muy contentos. En el salón esperábamos la comida, cuando mi hermano mayor, Jaime, dijo: 'Desde hace diez minutos, un perro está ladrando en la llanura: debe ser un animal perdido...'.