«Y no había concluido de hablar cuando sonó la campana del jardín. La campana sonaba como las de las iglesias y hacía pensar en los muertos. Todos nos estremecimos. Mi padre llamó al criado y le ordenó que fuese á ver quién era, y esperamos guardando profundo silencio: pensábamos en la nieve que cubría la tierra. Volvió el hombre asegurando que no había visto á nadie, mas el perro seguía ladrando y sus aullidos nos indicaban que no había cambiado de sitio.
«Nos sentamos á la mesa, pero los más jóvenes especialmente estábamos un poco emocionados. Al servir el asado la campana sonó tres veces seguidas y sus toques fueron largos y vibraron de tal manera que todos nos quedamos sin aliento. Con el tenedor en la mano nos miramos sin atrevernos á hablar, escuchando atentamente, y dominados por una especie de miedo que tenía mucho de sobrenatural.
«Mi madre fué la primera que abrió la boca para decir: 'Es raro que hayan tardado tanto en llamar de nuevo: Bautista, no vaya solo, uno de estos señores le acompañará'.
«Mi tío Francisco se puso en pie. Era un hércules, muy orgulloso de su fuerza y que no temía á nada ni á nadie. Mi padre le dijo: 'Toma una escopeta; no se sabe lo que puede ser'.
«Pero mi tío no hizo caso, cogió un bastón, y salió con el criado.
«Los demás nos quedamos temblando de terror y de angustia sin atrevernos á comer ni á hablar. Mi padre intentó tranquilizarnos: 'Veréis, nos dijo, como será algún mendigo ó algún caminante que se habrá perdido. Después de haber llamado una vez, y viendo que no le abrían en seguida, habrá intentado encontrar su camino, y al no conseguirlo, habrá vuelto á nuestra puerta'.
«Nos pareció que la ausencia de mi tío duraba una hora; cuando volvió estaba furioso y juraba: 'Nada, ¡recontra! es un guasón. Nada más que ese maldito perro ladrando á cien metros de la tapia. Si hubiese cogido la escopeta, creo que le hubiera matado para hacerle callar'.
«Se reanudó la comida pero todo el mundo era presa de viva ansiedad, pues se comprendía que algo había de ocurrir aún y que la campana sonaría de nuevo.
«Y sonó en el preciso momento en que se partía la torta de Reyes. Todos los hombres se levantaron á un tiempo. Mi tío Francisco, que había bebido champaña, afirmó que iba á matarle, y lo dijo tan furiosamente que mi madre y mi tía se abrazaron á él para que no lo hiciese. Mi padre, aunque muy tranquilo y casi impotente—el pobre arrastraba una pierna que se había roto de una caída de caballo,—declaró que quería enterarse de lo que aquello era y que iría á verlo. Mis hermanos, que tenían dieciocho y veinte años, corrieron á buscar sus escopetas, y como no hacían el menor caso de mí, me armé con una carabina de salón y me dispuse á acompañar á los expedicionarios.
«Y nos pusimos en marcha. Mi padre y mi tío, con Bautista que llevaba una linterna, iban delante; mis hermanos, Jaime y Pablo les seguían, y yo, á pesar de las súplicas de mi madre y de mi tía, que con mis primas se habían quedado en la puerta, cerraba la comitiva.