«Hacía una hora que la nieve caía con fuerza y los árboles estaban completamente blancos. Los pinos se inclinaban cediendo al peso de su lívida vestidura, semejando blancas pirámides ó enormes pilones de azúcar, y á través de la cortina que los copos formaban, apenas se veían los arbustos. Tan espesa era la nieve, que á diez pasos no se veía nada, pero la linterna iluminaba una gran cantidad de espacio. Cuando empezamos á bajar por la escalera de caracol tallada en el muro, tuve miedo, mucho miedo. Me parecía que alguien venia detrás de mí, que iba á cogerme por los hombros y á levantarme en vilo, y tentado estuve de desandar lo andado, pero, como era preciso atravesar todo el jardín, no me atreví.
«Oí que abrían la puerta que dada al campo y que mi tío empezaba á jurar otra vez: 'Recorcho ¡No hay nadie! Si llego á distinguir su sombra, me parece que ese ma... no se escapará'.
«Ver la llanura, ó mejor dicho adivinarla, pues no se la veía, era cosa siniestra: únicamente se distinguía un inmenso velo de nieve, á derecha, á izquierda, por todas partes.
«Mi tío repuso: 'Allí está el perro que ladra: voy á enseñarle que tengo buena puntería, siempre será algo'.
«Pero mi padre, que era muy bueno, lo impidió diciéndole: 'Más vale que vayamos á buscarle, pues el pobre animal ladra porque tiene hambre. Y ladrando pide socorro: llama como llamaría un hombre en situación desesperada... Vamos'.
«Y echamos á andar á través de la sábana de nieve, especie de musgo blanco que llenaba la noche y el aire, que se agitaba, flotaba, caía, y al fundirse helaba la carne; helaba la carne como hubiera podido abrasarla, con dolor vivo y rápido producido por el contacto de los pequeños copos blancos.
«En aquella pasta blanca y fría nos hundíamos hasta la rodilla, y para andar era preciso que levantásemos mucho las piernas. Á medida que adelantábamos, los ladridos del perro iban siendo más claros y más fuertes. Mi tío gritó: 'Ahí está', y nos detuvimos para observarle, como debe hacerse frente á un enemigo que se encuentra en medio de la noche.
«Como iba detrás tuve que acercarme á los otros para verlo, y aquel perro grande, negro, perro mastín de largo pelo y cabeza de lobo, plantado sobre sus cuatro patas al extremo del círculo de luz que sobre la nieve dibujaba la linterna, ofrecía un aspecto horrible y fantástico á la vez. No se movió; se había callado, y nos miraba.
«Mi tío dijo: 'Es raro; ni avanza ni retrocede: ganas tengo de pegarle un tiro'.
«Mi padre replicó con firmeza: 'No, es preciso ir á buscarlo'.