«Entonces mi hermano Jaime añadió: 'Pero no está solo: á su lado hay algo'.
«En efecto, detrás del perro había algo, un bulto gris, que no se podía distinguir lo que era. Tomando las necesarias precauciones volvimos á ponernos en marcha.
«Al ver que nos acercábamos, el perro se sentó sobre el cuarto trasero. Y no parecía malo, y cualquiera le hubiese creído contento por haber logrado atraer gente.
«Mi padre fué recto á él, le acarició, y el perro le lamió las manos; y entonces se vió que estaba atado á la rueda de un cochecito, de una especie de coche de juguete completamente envuelto con tres ó cuatro mantas de lana. Se levantaron con cuidado las ropas, y cuando Bautista acercó la linterna al cochecillo que parecía un enorme nido con ruedas, distinguimos á un niño que dormía en el fondo.
«La cosa nos sorprendió de tal manera, que no pudimos articular una palabra. Mi padre fué el primero que recobró la sangre fría, y como era hombre de gran corazón y de alma algo exaltada, extendió la mano sobre el pequeñuelo y dijo: '¡Pobre abandonado, tú serás de los nuestros!'. Y ordenó á mi hermano Jaime que hiciese rodar con cuidado el cochecillo.
«Mi padre, pensando alto, añadió:
'Algún hijo del amor cuya pobre madre habrá venido esta noche á llamar á mi puerta, esta noche de Epifanía, en recuerdo del Niño-Dios'.
«Se detuvo de nuevo, y dirigiéndose hacia los cuatro puntos del horizonte gritó cuatro veces con todas sus fuerzas: '¡Le hemos recogido!'. Luego, apoyándose en el hombro de su hermano murmuró: '¿Y si hubieses tirado apuntando al perro, Francisco?'.
«Mi tío no contestó, pero hizo la señal de la cruz, pues á pesar de sus fanfarronadas era muy católico.
«El perro, al que habían desatado, nos seguía.