«Y lo verdaderamente encantador fué la llegada á casa. Trabajo costó subir el cochecillo por la escalera, pero al fin se consiguió y se le hizo llegar hasta el vestíbulo.

«¡Qué contenta se puso mi madre! Y mis primas, la menor tenía seis años, parecían polluelos alrededor de un nido. Al fin se sacó al niño del coche, y se vió que era una niña que lo más tendría seis semanas, y entre los pañales se encontraron diez mil francos en oro, sí, diez mil francos, que papá colocó para hacerle una dote. No era hija de pobres... tal vez de algún noble y de una burguesita de la ciudad,... tal vez... hicimos mil suposiciones pero nunca llegamos á saber nada, nada... Ni siquiera el perro fué reconocido por nadie; era extraño en el país. Pero, en todo caso, él ó la que había venido á llamar tres veces á nuestra puerta, conocía perfectamente á mis padres.

«He ahí cómo la señorita Perla entró, á la edad de seis semanas, en la casa Chantal.

«Por lo demás, fué mucho más tarde cuando la llamaron señorita Perla, pues al bautizarla se le pusieron los nombres: 'María, Simona, Clara', y Clara tenía que servirle de apellido.

«Te aseguro que la entrada en el comedor, con aquel rorro despierto que miraba á su alrededor y fijaba en las personas y las luces sus ojos azules, fué cosa digna de ser vista.

«Nos sentamos otra vez á la mesa y se distribuyó la torta. Yo fuí el rey, y como usted, hace un momento, elegí por reina á la señorita Perla que ese día, estaba muy distante de comprender el gran honor que se la dispensaba.

«En fin, la niña fué adoptada y educada en la familia. Creció, pasaron los años, era amable, cariñosa, obediente, y como todo el mundo la quería, si mi madre no lo hubiese impedido, la hubieran mimado de modo abominable.

«Mi madre era mujer de orden y de jerarquía. Trataba á Clarita como á sus propios hijos, pero con todo, quería que la distancia que nos separaba estuviese bien señalada y la situación bien establecida.

«Así que, en cuanto la niña pudo comprender, se le hizo conocer su historia, y lograron que en su espíritu penetrase, suave y tiernamente, la convicción de que era una hija adoptiva de los Chantal, una criatura recogida, en una palabra, una extraña.

«Clara, con extraordinaria inteligencia y con sorprendente instinto, se dió cuenta de la situación, y supo colocarse en el lugar que le correspondía con tanto tacto, gracia y gentileza, que muchas veces hacía llorar á mi padre.