—¿Era usted quien debía casarse con ella, señor Chantal?

Se estremeció, me miró con fijeza, y dijo:

—¿Yo? ¿Casarme?... ¿Con quién?

—Con la señorita Perla.

—Y ¿por qué?

—Pues porque la quería mucho más que á su prima.

Me miró con ojos extraviados, redondos, llenos de espanto, y al fin balbució:

—¿Que yo la quería?... ¿yo?... ¡Cómo!... ¿Quién te ha dicho semejante cosa?

—¡Diablo! preciso es ser ciego para no verlo... y por esta misma causa tardó usted tanto en casarse con su prima que estuvo seis años esperándole.

Soltó la bola que tenía en la mano izquierda, se cubrió la cara con el paño de la tiza, y apoyando los codos en la mesa se puso á sollozar. Y lloraba con desolación ridícula, como llora una esponja que se oprime con fuerza, por los ojos, la nariz y la boca; todo á un tiempo. Tosía, escupía, se sonaba con el paño de la tiza y se secaba con él los ojos, y luego las lágrimas volvían á correr por todas las arrugas de su rostro, y á las lágrimas acompañaban unos ronquidos que recordaban los gargarismos.