Yo, entre asustado y avergonzado, no sabía qué decir, qué hacer ni qué intentar.

De pronto, la voz de la señora Chantal resonó en la escalera: «¿Acabáis pronto de fumar?».

Abrí la puerta y grité: «Sí, señora; en seguida bajamos».

Luego me precipité hacia su marido y cogiéndole por los brazos le sacudí con fuerza: «Señor Chantal, mi amigo Chantal, escúcheme—le dije:—su mujer nos llama, tranquilícese pronto, que es preciso bajar».

El tartajeó: «Sí, sí,... ya voy... pobre, pobre muchacha... diga que ya voy».

Y empezó á enjuagarse concienzudamente la cara con el paño que, desde hacía dos ó tres años, borraba los tantos que en la pizarra se marcaban, y apareció mitad blanco y mitad rojo, la frente, la nariz, las mejillas manchadas con tiza, y los ojos todavía llenos de lágrimas.

Le cogí las manos y le llevé hasta su habitación diciéndole con voz baja: «Le ruego que me perdone, amigo Chantal, por haberle entristecido, pero yo no sabía,... yo no sabía, comprende usted...».

Abrazándome, murmuró: «Sí,... sí,... hay momentos muy difíciles...».

Luego hundió la cabeza en la palangana, y aunque cuando la sacó no me pareció del todo presentable, se me ocurrió una idea hábil. Como su inquietud crecía al mirarse al espejo, le dije: «Diremos que se le ha metido un grano de polvo en el ojo, y así podrá llorar cuanto quiera delante de todo el mundo».

Con efecto, bajó frotándose los ojos con el pañuelo, y todo el mundo se alarmó: no hubo quien no intentase buscar el grano de polvo que, como es natural, nadie pudo encontrar, y se contaron casos parecidos en los cuales había sido necesaria la intervención del médico.