Yo me había sentado junto á la señorita Perla y la miraba atormentado por tan ardiente curiosidad que casi se convertía en sufrimiento. Efectivamente, debía haber sido muy linda, con ojos dulces, tranquilos y tan grandes que parecía no se habían de cerrar nunca. El traje era algo ridículo, verdadero traje de solterona, y no le hacía ningún favor.
Y me parecía que veía en ella, como hacía un momento había visto en el alma del señor Chantal, y que en su alma leía desde el principio hasta el fin toda la historia de su vida, la historia de su vida humilde y llena de abnegación; pero á mis labios acudía la necesidad de interrogarla, de saber sí ella también había querido, si, como él, había sufrido ese interminable sufrimiento secreto, agudo, que no se ve, que no se manifiesta, que no se adivina pero que se siente durante la noche y en la soledad de la negra habitación. Yo la miraba, veía que su corazón latía con fuerza, y me preguntaba si aquel rostro cándido, durante las noches se habría apoyado con fuerza en la almohada y gemido y sollozado, y si su cuerpo, con ardorosa fiebre, se habría sacudido con violentas sacudidas.
Y con voz muy baja, como hacen los niños cuando rompen un juguete para ver lo que hay dentro, le dije: «Si hubiese visto llorar al señor Chantal hace un momento, le hubiera compadecido».
Se estremeció: «¡Cómo! ¿Lloraba?».
—Sí, y lloraba mucho.
—Y ¿por qué?
Estaba emocionadísima y yo continué:
—Por usted.
—¿Por mí?
—Sí. Me contaba lo mucho que en otros tiempos la había querido, y el trabajo que le había costado decidiese á casarse con la que hoy es su mujer en vez de casarse con usted...».