Su pálido rostro se alargó un poco; sus ojos siempre abiertos, sus ojos tranquilos, se cerraron de pronto y tan rápidamente que parecieron cerrarse para siempre, y resbalando de la silla al suelo, cayó suavemente, lentamente, como hubiera podido caer una cinta de seda...
Y grité: «¡Socorro! La señorita Perla se ha puesto mala».
La señora Chantal y sus hijas se precipitaron hacia ella, y mientras buscaban agua, una toalla y vinagre, cogí el sombrero y me marché.
Y me marché corriendo, con el corazón oprimido y lleno de remordimientos y de pesar. Pero, con todo, estaba contento, pues me parecía haber hecho una cosa laudable y necesaria.
Y me preguntaba: «¿He hecho bien? ¿He hecho mal?». Los pobres conservaban eso en su alma como queda el plomo en una herida cerrada. ¿No serán más dichosos ahora? Es ya demasiado tarde para que la tortura empiece de nuevo, y aún es tiempo para que la recuerden con ternura.
Y tal vez una de las noches de la próxima primavera, turbados por un rayo de luna que iluminará la hierba, se estrecharán la mano en recuerdo de tanto sufrimiento, de ese sufrimiento ahogado y cruel: y tal vez también ese corto apretón de manos hará que por sus venas pase algo de ese estremecimiento que no han conocido, y comunicará en un segundo á esos muertos resucitados, la rápida y divina sensación de esa embriaguez, de esa locura que proporciona á los enamorados, con un sólo estremecimiento, mayor felicidad de la que los otros hombres pueden recoger en toda su vida.
LA LOCA
Oigan, dijo Mathieu de Eudolín, las chochas me recuerdan una siniestra anécdota de la guerra.
Ustedes conocen la finca que tengo, en los alrededores de Cormeil, y saben que cuando los prusianos vinieron, vivía en ella.
Tenía entonces por vecina á una especie de loca á quien los repetidos golpes de la desgracia habían extraviado la razón, En otros tiempos, y en un mes, había perdido á su padre, á su marido y á un hijo pequeño.