Cuando la muerte entra en una casa, casi siempre vuelve al poco tiempo, como si conociese la puerta.
La pobre mujer, abrumada por el pesar, se metió en la cama y estuvo delirando por espacio de seis semanas. Luego, una especie de tranquila lasitud sucedió á esta violenta crisis, y quedó sin movimiento, comiendo apenas, y sólo moviendo los ojos. Cada vez que intentaban hacerla levantar, chillaba como si fuesen á matarla, y por esto la dejaban en la cama sacándola de entre las sábanas nada más que el tiempo preciso para lavarla y sacudir el colchón.
Á su lado estaba una criada vieja que de tiempo en tiempo le daba de beber y la obligaba á comer un poco de carne fría. ¿Qué pasaba en el interior de aquella alma desesperada? Nadie lo supo nunca porque no habló más. ¿Pensaba en sus muertos? ¿Soñaba tristemente sin que sus recuerdos se precisasen ó su aniquilado pensamiento se había quedado inmóvil como el agua estancada?
Por espacio de quince años permaneció inerte y encerrada en sí misma.
Vino la guerra, y, en los primeros días de diciembre, los prusianos llegaron á Cormeil.
Lo recuerdo como si hubiese ocurrido ayer. Hasta la piedras se helaban, y yo estaba en una butaca, inmovilizado por la gota, cuando á mis oídos llegó el pesado ritmo de sus pasos. Desde mi ventana les vi pasar.
El desfile era interminable, y con ese movimiento de polichinelas que les es peculiar, todos parecían iguales. Los jefes distribuyeron á sus hombres entre los habitantes, y á mí me correspondieron diecisiete. Á mi vecina, á la loca, le correspondieron doce, y entre ellos un comandante, verdadero soldado violento y cazurro.
Durante los primeros días no ocurrió nada de particular. Al oficial de al lado le habían dicho que el ama estaba enferma y él no se preocupó lo más mínimo; pero esa mujer á quien nunca veía llegó á irritarle, y tomó informes con respecto á su enfermedad: entonces le dijeron que la señora estaba en la cama, desde hacía quince años, á consecuencia de un gran pesar. Sin duda no lo creyó, imaginando que la desgraciada no abandonaba la cama por orgullo, para no ver á los prusianos, para no hablarles ni tratarse con ellos.
Exigió que le recibiese y le hicieron entrar en su habitación. Una vez en ella dijo con brusquedad:
—Señora, yo le suplico que se levante y baje á fin de que la veamos.