La enferma fijó en él sus ojos vagos, sus ojos vacíos, y no contestó.

Él repuso:

—Yo no he de tolerar la menor insolencia. Si no se levanta usted de grado, no me faltarán medios para obligarla á que pasee sola.

Y ella no se movió ni hizo un gesto siquiera... ¡parecía que no le había visto!

El oficial, tomando aquel tranquilo silencio por una prueba de supremo desdén, añadió:

—Si mañana no baja...

Y se marchó.


Al día siguiente, la vieja criada, medio loca, quiso vestirla, pero la enferma, resistiéndose, empezó á chillar. El oficial subió en seguida y la criada, arrodillándose á sus pies, exclamó:

—No quiere, no quiere... perdónela... ¡es tan desgraciada!