De cuando en cuando se levantaba y recorría el barco del un extremo á otro.

Su hermano, que estaba en el timón, le seguía con la vista y movía la cabeza.

Al fin entraron en el puerto.

El médico examinó la herida y declaró que no tardaría en cicatrizarse. Practicó una cura completa, y ordenó reposo absoluto, pero Javel, que no quiso meterse en la cama sin estar en posesión de su brazo, volvió al puerto para encontrar el barril que había marcado con una cruz.

Lo vaciaron, recobró su brazo, y en la salmuera se había conservado fresco y rígido. Lo envolvió en una servilleta que había llevado á propósito, y volvió á su casa.

Su mujer y sus hijos examinaron largo rato el resto de su padre, y tocaron los dedos limpiándolos de los granos de sal que habían quedado entre las uñas: y luego llamaron al carpintero para que hiciese un ataúd pequeño.

Al día siguiente, la tripulación de la barca siguió el entierro del brazo cortado. Los dos hermanos, uno junto á otro, presidían el duelo, y el sacristán de la parroquia llevaba el cadáver debajo del brazo.

El menor Javel dejó de navegar. Consiguió un empleillo en el puerto, y cuando más tarde hablaba de su desgracia, decía confidencialmente á su interlocutor: «Si el hermano hubiese querido cortar la barredera, aún tendría mi brazo, pero él sólo se preocupaba por lo suyo».

TOMBOUCTOU

El bulevar, ese río de vida, hormigueaba envuelto en la lluvia de oro del sol poniente. El cielo parecía de grana, cegaba, y detrás de la Magdalena las inmensas nubes incendiadas lanzaban sobre la larga avenida un chaparrón de fuego vibrante como vapor de hoguera.