El hermano mayor dijo: «Es preciso tirar esto al mar».
Pero el menor Javel se enfadó: «¡Ah! Eso si que no; no. No quiero. Me pertenece, es mi brazo».
Y cogiéndolo se lo colocó sobre las rodillas.
—Por esto también se pudrirá—dijo el mayor. Pero el herido tuvo una idea: para conservar el pescado, cuando estaban mucho tiempo en la mar, lo metían en barriles de sal.
Y preguntó: «¿No podríamos meterlo en salmuera?».
—Es cierto,—dijeron los otros.
Entonces se vació uno de los barriles, lleno ya con lo pescado los últimos días, y depositaron el brazo en el fondo. Lo cubrieron con sal, y luego colocaron otra vez los pescados uno á uno.
Alguien gastó esta broma: «Mientras no lo vendamos en la playa».
Y todos soltaron el trapo á reir, incluso los dos hermanos Javel.
El viento seguía soplando con fuerza, y, al día siguiente, aún se orzaba frente á Boulogne. El herido continuaba bañando su herida.