—Eso podría ser la gangrena,—dijo uno.

—Precisaría poner agua salada,—declaró otro.

Y agua salada trajeron y con ella mojaron el mal. El herido se puso lívido, rechinaron sus dientes, y se retorció un poco: pero ni un quejido brotó de sus labios.

Luego cuando se hubo calmado el ardor, dijo á su hermano: «Dame tu cuchillo». Y su hermano se lo ofreció.

—«Sostenedme el brazo recto y en alto, y tirad por encima».

Hicieron lo que pedía.

Y él mismo empezó á cortar y cortó suavemente, pensando lo que hacía, cortando los últimos tendones con la hoja, fina como una navaja de afeitar. Y cuando sólo quedó el muñón, exhaló un profundo suspiro y dijo: «Era preciso; el brazo estaba perdido».

Perecía más tranquilo, respiraba con ansia, y poco después empezó á verter agua sobre el trozo de miembro que le quedaba.

La noche fué mala y no pudieron llegar á tierra.

Cuando amaneció, el menor Javel cogió su brazo y lo examinó atentamente. La putrefacción se declaraba. Los compañeros también lo examinaron y pasándoselo de mano en mano lo tocaban, le daban vueltas y lo olfateaban.