Luego, como la hemorragia continuaba y la sangre formaba un charco en la cubierta del barco, uno de los marineros dijo: «Es preciso atar la vena, que si no se vaciará».
Y cogieron un cordel, un cordel grueso y embreado, y enlazando el miembro por encima de la herida, apretaron con todas sus fuerzas. Poco á poco la sangre se contuvo hasta que cesó por completo.
El menor Javel se levantó y su brazo colgaba. Lo cogió con la otra mano, lo levantó, lo volvió, lo sacudió... todo estaba roto, todo, hasta los huesos, y únicamente algunos músculos lo retenían al cuerpo. Y lo miraba con mirada triste, reflexionando. Sentóse luego sobre una vela doblada y sus compañeros le aconsejaron que mojase constantemente la herida para evitar que se produjese la gangrena.
Pusieron un cubo á su lado y cada minuto metía un vaso en él y bañaba la horrible herida haciendo que sobre ella cayese un hilito de agua clara.
—Estarías mejor abajo,—le dijo su hermano. Y bajó, pero al cabo de una hora volvió á subir pues á solas no se sentía bien. Además, prefería el aire libre. Y volvió á sentarse encima de la vela y á mojarse el brazo.
La pesca era abundante: grandes pescados con la tripa blanca yacían á su lado sacudidos por los espasmos de la muerte, y él los contemplaba sin dejar de mojar sus desgarradas carnes.
Cuando volvían á Boulogne se desencadenó otra tempestad, y el barquito reanudó su loca carrera meciendo, sacudiendo y agitando al pobre herido.
Llegó la noche: el tiempo se mantuvo fuerte hasta el despuntar del alba, y aun cuando al salir el sol se distinguían las costas de Inglaterra, como la mar estaba menos dura, hicieron rumbo á Francia.
Por la noche, el menor Javel llamó á sus compañeros y les mostró manchas negras, de aspecto de podredumbre, que habían aparecido en la parte del miembro casi desprendida.
Los marineros miraron y dieron su opinión.