Salió de nuevo la barca, corriendo por entre las furiosas olas, sacudida, chorreando, abofeteada por el agua, pero gallarda á pesar de todo, pues estaba acostumbrada á ese tiempo fuerte que á veces la tenía cinco ó seis días errando entre los dos países vecinos sin poder abordar en ninguno.

Por fin el huracán se calmó, estando en alta mar, y aun cuando las olas todavía sacudían de firme, el patrón ordenó que se soltase la barredera.

El gran aparejo de pesca pasó por encima de la borda, y dos hombres á proa, y dos á popa, soltaron por los rodillos las amarras que lo sujetaban. Llegó al fondo, pero una ola inclinó la barca y Javel el menor, que se encontraba á proa dirigiendo el descenso de la red, vaciló, y su brazo se encontró preso entre la cuerda, floja un instante por la sacudida, y el rodillo de madera por donde resbalaba. Hizo un esfuerzo desesperado para levantar la amarra con la otra mano, pero la barredera arrastraba ya y el cable no cedió.

El hombre, crispado por el dolor, pidió auxilio. Todos acudieron y hasta su hermano abandonó el timón. Unieron sus esfuerzos para libertar al miembro que destrozaba, pero todo fué en vano. «Es preciso cortar», gritó un marinero al tiempo que sacaba del bolsillo un cuchillo largo que con dos golpes podía salvar el brazo de Javel el menor.

Pero cortar suponía perder la barredera, y la barredera costaba dinero, mucho dinero, mil quinientos francos: además, pertenecía á Javel el mayor que quería conservarla.

Y con el corazón oprimido gritó: «No cortes, no cortes, espere, voy á orzar». Y corrió al timón colocando la barra á un lado.

La barca obedecía difícilmente, paralizada por aquella red que inmovilizaba su impulso y arrastrada también por la fuerza del viento y de la corriente.

El menor Javel había caído de rodillas, extraviados los ojos y apretados los dientes. Su hermano, que tenía mucho miedo al cuchillo del marino, volvió para decir: «Espera, espera, no cortes; voy á soltar el ancla».

Y se soltó, y luego se pusieron á virar para que se aflojasen las amarras de la barredera: y al fin se aflojaron y bajo la ensangrentada manga de lana se dió libertad al brazo inerte.

El menor Javel parecía idiota. Le quitaron la blusa, y se vió una cosa horrible, carne magullada, destrozada, de la que la sangre salía á chorros como impulsada por una bomba. El hombre se fijó en su brazo, y murmuró: «Perdido».