«Espantosa desgracia acaba de sembrar la consternación entre nuestra población marítima tan castigada desde hace algunos años. El barco de pesca mandado por el patrón Javel, al entrar en el puerto, fué arrojado hacia el oeste y se estrelló en las rocas del rompe olas de la escollera.
«Á pesar de los esfuerzos del buque salvavidas y de los cables enviados por medio del fusil porta amarras, han perecido cuatro hombres y el grumete.
«Y como el mal tiempo continúa, se temen nuevos siniestros».
¿Quién era el patrón Javel? ¿Sería hermano del manco?
Si el pobre hombre, arrollado por las olas y muerto tal vez bajo los restos de su despedazado barco, era quien pienso, había asistido, hace dieciocho años, á otro drama terrible y sencillo como son siempre los dramas formidables de las olas.
Javel, el mayor, era patrón de una barca que pescaba con barredera, y las barcas de barredera son las barcas de pesca por excelencia. Sólidas hasta el extremo de no temer ningún tiempo, de redondo vientre que sobre las olas flota como si fuese un corcho, siempre al aire y siempre azotadas por los vientos duros y salados de la Mancha, recorren la mar, infatigables, con la vela hinchada y arrastrando por el flanco la gran red que rasca el fondo del océano, desprende y recoge todas las bestias que duermen en las rocas, los peces planos que se pegan á la arena, los pesados cangrejos de arqueadas patas, y las langostas de puntiagudos bigotes.
Cuando la brisa es fresca y las olas cortas, la barca sale á pescar. La red está fija á lo largo de una caña de madera guarnecida de hierro, y baja por medio de dos cables que resbalan por dos rodillos colocados uno á cada extremo de la embarcación. Y la barca, navegando al impulso del viento y de la corriente, arrastra ese aparejo que devasta el suelo de la mar.
Javel llevaba á bordo á su hermano menor, á cuatro hombres y á un grumete. Y en un hermoso día, claro y sereno, había salido de Boulogne para soltar la barredera.
Ahora bien, el viento se levantó, y la imprevista borrasca obligó al pescador á huir hacia las costas de Inglaterra; pero, como el alborotado mar azotaba los acantilados y rompía furiosamente contra la tierra, la entrada en los puertos se hacía imposible. El barquito se hizo de nuevo á la mar y volvió á las costas de Francia. La tempestad continuaba haciendo infranqueables las escolleras y envolviendo con espuma, ruido y peligro, todos los refugios.