Y yo les juro que al ruido del disparo que no esperaba, horrible angustia me oprimió el corazón, el alma y el cuerpo, y me sentí desfallecer y próximo á morirme de miedo.
Y allí permanecimos hasta el alba, incapaces para movernos, sin poder decir una palabra, y crispados por indecible atolondramiento.
No nos atrevimos á levantar la barricada que atrancaba la puerta hasta que un débil rayo de luz se filtró por la rendija de una ventana.
Al pie del muro, contra la puerta, yacía el perro viejo con las mandíbulas destrozadas por un balazo.
Había salido del patio haciendo un agujero en la empalizada.
El hombre del rostro bronceado calló para agregar después de unos segundos:
—Y sin embargo, aquella noche no corrí ningún peligro, pero antes preferiría vivir de nuevo todas las horas en que he afrontado los más terribles riesgos, que el minuto del tiro disparado contra la barbuda cabeza que asomaba por el ventanillo.
EN LA MAR
Hace poco, en los periódicos diarios se leyeron las siguientes líneas:
Boulogne-sur-Mer, 21 de enero.—Nos escriben: