—Por esto no estamos tranquilos.

Les tranquilicé como pude, y me consideré dichoso por haber llegado aquella noche, cosa que me permitía asistir al espectáculo del terror supersticioso. Empecé á contar cuentos, y casi logré calmarlos.

Cerca del hogar, un perro viejo, casi ciego y bigotudo, uno de esos perros que recuerdan personas conocidas, dormía con la cabeza metida entre las patas delanteras.

Fuera, la tempestad azotaba la casita, y por un pequeño cuadrado, especie de ventanillo practicado junto á la puerta, veía, á la luz de los relámpagos, las ramas de los árboles que agitaba el viento.

Á pesar de mis esfuerzos sentía que profundo terror dominaba á aquellas gentes, y cada vez que cesaba de hablar, todos escuchaban atentamente los lejanos ruidos. Cansado de asistir á tan imbéciles temores, iba ya á acostarme cuando el viejo guarda díó un salto en su asiento, y apoderándose nuevamente de su escopeta tartajeó con voz extraviada: «Ahí está..., ahí está... ¡Le oigo!». Las dos mujeres cayeron de rodillas en sus rincones y se cubrieron otra vez la cara, y los hombres volvieron á esgrimir las hachas. Yo iba á intentar tranquilizarles cuando el dormido perro despertó, levantó la cabeza, extendió el cuello, fijó en la lumbre sus casi apagados ojos, y lanzó uno de esos aullidos lúgubres que por la noche y en el campo hacen estremecer á los viajeros. Todas las miradas se fijaron en él, que permanecía inmóvil, plantado sobre sus patas, y como si una visión le obsesionase empezó á ladrar á algo invisible, desconocido, espantoso sin duda, porque el pelo se le erizaba. El guarda, lívido, gritó: «Lo siente, lo siente; conmigo estaba cuando le maté». Y las dos mujeres, enloquecidas, empezaron á chillar con el perro.

Á pesar mío, un estremecimiento horrible recorrió todo mi cuerpo. La visión de aquel animal, en aquel lugar, á aquella hora y entre aquellas gentes medio locas, era espantosa.

Y por espacio de una hora el perro estuvo ladrando sin moverse, ladrando como en la angustia de un sueño; y el miedo espantoso se apoderó de mí... ¿Miedo de qué? ¿Acaso lo sabía? Era miedo, eso es todo.

Permanecimos inmóviles, lívidos, esperando un acontecimiento horrible, con el oído alerta, el corazón agitado y saltando al menor ruido. Y el perro empezó á dar vueltas por la habitación, oliendo las paredes y gimiendo constantemente. ¡Aquella bestia nos enloquecía! Entonces, el campesino que me había servido de guía se arrojó sobre él, y poseído de espantoso miedo, en el paroxismo de su terror furioso, abrió una puertecita que daba á un patio pequeño y echó al perro.

Calló en seguida, y quedamos sumidos en un silencio más horroroso aún. Repentinamente, todos nos pusimos en pie: un ser se deslizaba contra la pared que daba al bosque; luego pasó contra la puerta que pareció tantear con mano vacilante; después, durante dos minutos, no se oyó nada, y luego volvió rozando el muro: lo arañaba ligeramente, como hubiera podido hacerlo un niño con las uñas, y de pronto, una cabeza apareció pegada al cristal del ventanillo, una cabeza blanca con dos ojos luminosos como los ojos de las fieras. Y de su boca salía un sonido, un sonido indistinto, el murmullo de una queja...

En la cocina estalló entonces un ruido formidable. El viejo guarda había disparado, y sus dos hijos se precipitaron, levantaron la mesa para tapar el ventanillo, y sostuvieron la mesa con los demás muebles.