El ruido del tambor debe de ser una especie de espejismo del sonido, nada más, pero yo lo supe mucho después.
Y ahora, vamos á mi segunda emoción.
Era el invierno pasado, y me encontraba en un bosque del noreste de Francia. Se hizo de noche dos horas antes de lo que debía, tan obscuro estaba el cielo, y mi guía, un campesino del país, andaba silenciosamente á mi lado por un sendero, bajo una bóveda de pinos que el desencadenado viento agitaba con ruido siniestro. Por entre las cimas veía correr las nubes, nubes que parecían huir con espanto, y de cuando en cuando, y al impulso de inmensa ráfaga, el bosque entero se inclinaba hacia un lado exhalando un gemido de dolor. Y á pesar de mi paso rápido y de mis gruesos vestidos, el frío me entumecía.
Debíamos cenar y dormir en casa de un guarda bosques cuya morada ya no podía estar lejos, y yo iba á cazar.
Á veces, mi guía levantaba los ojos y murmuraba: «¡Tiempo triste!». Luego, me hablaba de las gentes á cuya casa nos dirigíamos. Dos años antes el padre había matado á un cazador furtivo, y desde entonces parecía sombrío, y como si un recuerdo le obsesionase. Sus dos hijos, casados los dos, vivían con él.
Las tinieblas eran profundas: yo no veía nada ni delante de mí ni á mi alrededor, y las ramas da los árboles, al chocar entre sí, llenaban la noche de incesantes rumores. Por fin distinguimos una luz, y mi compañero no tardó en llamar á una puerta. Agudos gritos de mujer nos respondieron, y luego, una voz de hombre, voz opaca, preguntó: «¿Quién va?». Mi guía dió su nombre, la puerta se abrió, entramos, y á mis ojos se ofreció un cuadro inolvidable.
Un hombre viejo, con el pelo blanco, extraviada la mirada y cargada la escopeta, nos esperaba en medio de la cocina, mientras dos mocetones enormes, armados con hachas, guardaban la puerta. En los rincones distinguí dos sombras de mujer arrodilladas, que ocultaban el rostro pegándolo contra la pared.
Hablaron: el viejo dejó la escopeta apoyándola contra la mesa y ordenó que me preparasen la habitación; y como las mujeres no se moviesen, dijo con brusquedad:
—Caballero, esta noche hace dos años que maté á un hombre. El año pasado vino á llamarme, y esta noche le espero.
Luego, con entonación que me hizo reir, añadió: