Cruzaba las grandes dunas hacia el sur de Ouargla, que es uno de los países más raros del mundo. Ustedes saben lo que es la arena lisa de las interminables playas del Océano; pues bien, figúrense un Océano de arena en medio de un huracán; imaginen una silenciosa tempestad de olas inmóviles de polvo amarillo. Altas como montañas, esas olas desiguales, diferentes, semejantes á las desencadenadas ondas, más grandes todavía y estriadas como el muaré, y sobre esa mar furiosa, muda y sin movimiento, el sol devorador del sur derrama sus llamas implacables. Preciso es subir esas olas de ceniza de oro, bajarlas, volverlas á subir, subirlas sin cesar, sin reposo ni sombra. Los ronquidos de los caballos parecen estertores; se hunden hasta la rodilla, y al bajar resbalan y hacen que se formen sorprendentes colinas.

Éramos dos amigos, y nos seguían dos espaís y cuatro camellos con sus camelleros. No hablábamos, el calor nos aplastaba, la fatiga nos rendía, y estábamos sedientos, sedientos como el desierto ardiente. De pronto, uno de nuestros hombres dejó escapar un grito: todos se detuvieron, y nosotros permanecimos inmóviles, sorprendidos por inexplicable fenómeno que conocen los viajeros de esos perdidos lugares.

En algún sitio, cerca de nosotros, y en dirección indeterminada, batía un tambor, el misterioso tambor de las dunas: y batía claramente, vibrante unas veces, apagado otras, deteniéndose de pronto y reanudando en seguida su fantástico redoble.

Los árabes se miraban asustados; uno de ellos dijo en su idioma: «La muerte, se cierne sobre nosotros». Y he ahí que mi compañero, mi amigo, casi mi hermano, cayó del caballo repentinamente pulverizado por una insolación.

Y por espacio de dos horas, y mientras yo intentaba en vano salvarle, el tambor invisible me llenaba los oídos con su ruido monótono, intermitente é incomprensible: yo sentía que por mis huesos corría el miedo el miedo verdadero, el miedo espantoso, frente al cadáver querido, en aquel hoyo incendiado por el sol y entre cuatro montañas de arena, mientras el eco desconocido nos enviaba, á doscientas leguas de distancia de toda aldea francesa, el rápido redoble del tambor.

Aquel día, comprendí lo que era tener miedo, pero aún lo supe mejor en otra ocasión...

El comandante interrumpió al narrador.

—Dispense, caballero—le dijo, y aquel tambor ¿qué era?

El viajero respondió:

—No lo sé, ni nadie lo sabe. Los oficiales, con frecuencia sorprendidos por ese ruido extraño, lo atribuyen, por regla general, al eco, al eco aumentado, multiplicado, desmesuradamente hinchado por los valles de las dunas, de una lluvia de granos de arena que, arrastrados por el viento, van á chocar sobre macizos de hierbas secas; porque siempre se ha observado que ese fenómeno se produce en las cercanías de las pequeñas plantaciones que el sol abrasa y convierte en pergamino...