Cuando el oficial, que comprendía su extraño modo de hablar, le hubo interrogado durante un largo rato, le dijo:

—Bien, Tombouctou, bien: hasta la vista, hasta pronto.

El negro se puso en pie, y estrechando esta vez la mano que le tendían, y riendo siempre, gritó:

—Bueno día, bueno día, mi teniente.

Y al marcharse, su alegría era tan grande que hablaba solo y gesticulaba hasta el extremo que la gente le tomaba por loco.

El coronel preguntó:

—¿Quién es esa bestia?

—Un buen muchacho y un soldado muy valiente. Voy á contarle lo que sé de él: es curioso.

—Usted sabe que en los comienzos de la guerra del 70 me encontré encerrado en Bézières, que ese negro llama Bezi. No estábamos sitiados, estábamos bloqueados por todas partes, y las líneas prusianas nos rodeaban, fuera del alcance de nuestros cañones, sin tirar sobre nosotros pero matándonos de hambre poco á poco.

Entonces yo era teniente. Nuestra guarnición estaba compuesta por tropas de todo género, restos de regimientos esquilmados, fugitivos, merodeadores separados de los cuerpos de ejército. Con decirle que teníamos de todo, ¡hasta once negros! que una noche habían llegado no se sabía cómo ni por dónde, comprenderá lo que era aquello. Se habían presentado á las puertas de la ciudad destrozados, harapientos, muertos de hambre y borrachos, y me los confiaron.