Pronto me convencí de que eran rebeldes á toda disciplina, y que se pasaban la vida borrachos. Les metí en los calabozos, lo intenté todo y todo fué inútil. Mis hombres desaparecían durante días enteros, como si la tierra se los hubiese tragado, y luego volvían á aparecer borrachos perdidos. Y no tenían dinero. ¿Cómo, dónde y con qué bebían?
Eso empezó á intrigarme, tanto más cuanto que, aquellos salvajes, con su risa eterna y su carácter de niños grandes traviesos, me interesaban.
Entonces noté que obedecían ciegamente al más alto de todos, al que acaba de ver usted; que él los gobernaba á su antojo y preparaba sus misteriosas empresas como jefe supremo, todo poderoso y de incontestable autoridad. Le interrogué, y nuestra conversación duró tres horas lo menos, tanto trabajo me costaba comprender su endiablado modo de hablar. En cuanto á él, pobre infeliz, hacía esfuerzos inauditos para que le comprendiese: inventaba palabras, gesticulaba, sudaba la gota gorda, se secaba la frente, soplaba, se quedaba pensativo, y cuando creía haber encontrado un nuevo medio para explicarse, rompía á hablar bruscamente.
Al fin pude adivinar que era hijo de un gran jefe, de una especie de rey de los alrededores de Tombouctou. Le pregunté su nombre, y me dijo que se llamaba algo así como Chavaharibouhalikhranafotapolara. Y como es natural, me pareció más sencillo darle el nombre de su país; «Tombouctou». Ocho días después toda la guarnición le conocía por ese nombre.
Pero, nuestro mayor deseo era saber dónde encontraba de beber ese príncipe africano. Yo lo descubrí de una manera bastante rara.
Una mañana, estaba en las fortificaciones estudiando el horizonte, cuando en una viña distinguí algo que se movía. Poco tiempo faltaba para la vendimia, las uvas estaban maduras, pero yo no pensaba en eso ni mucho menos. Lo primero que se me ocurrió fué que un espía se acercaba á la ciudad y organicé una expedición completa para cogerlo. El general me autorizo á que la dirigiese yo mismo.
Por tres puertas distintas había hecho salir tres pelotones que debían cercar la viña sospechosa. Y, para cortar la retirada al espía, uno de esos destacamentos tenía que andar por lo menos una hora. Un hombre, que se había quedado vigilando en lo alto de la muralla, me indicó por señas que el individuo descubierto no había salido del campo. Nosotros avanzábamos silenciosamente, á rastras y casi tendidos en los surcos. Al fin llegamos al punto designado, desplegué mis soldados que entraron en la viña, y en ella encontraron á... Tombouctou que se comía las uvas andando á gatas por entre las cepas, ó mejor dicho, mordía las uvas pues arrancaba los racimos á dentelladas.
Quise que se levantase, pero fué imposible y entonces comprendí por qué andaba á cuatro pies. En cuanto le hubieron levantado, vaciló unos segundos, extendió los brazos, y cayó de cara. Estaba borracho como una cuba.
Para llevarlo á la plaza le tendieron sobre unos rodrigones, y por el camino no cesó de reir y de mover brazos y piernas.
El misterio se había desvanecido: aquellos buenos mozos bebían en la misma cepa, y cuando no podían tenerse en pie, dormían en el campo.