Tombouctou profesaba á las viñas un amor tan grande, tan intenso, que en las viñas vivía como los tordos á los que odiaba con odio de rival celoso. Y repetía sin cesar:
—Los tordos se comen las uvas ¡canallas!
Una noche vinieron á buscarme. Por la llanura se distinguía algo que se dirigía á nosotros, y como no tenía gemelos no podía adivinar de qué se trataba. Cualquiera hubiera creído que aquello era una serpiente enorme que se desenroscaba, un convoy, ó algo extraño.
Y di orden de que algunos hombres saliesen al encuentro de la caravana que pronto celebró su entrada triunfal. Tombouctou y nueve compañeros suyos traían, en una especie de altar construido con sillas de campaña ocho cabezas cortadas. El décimo negro traía un caballo á cuya cola había atado otro, y seis más seguían del mismo modo.
Lo ocurrido había sido lo siguiente. Los africanos, que se habían encontrado un destacamento prusiano que se acercaba á una aldea, en vez de huir se habían escondido; y luego, cuando los oficiales hubieron echado pie á tierra, para refrescar en el parador, los once valientes les cayeron encima, hicieron huir á los ulanos que se creyeron atacados, y mataron á los dos centinelas además del coronel y los cinco oficiales de su escolta.
Ese día abracé á Tombouctou, y notando que andaba con dificultad, le pregunté si estaba herido. Él se puso á reir y me dijo:
—Yo, provisiones pa el país.
Y es que Tombouctou no guerreaba por el honor sino por el lucro, y cuanto encontraba, y cuanto le parecía de algún valor, especialmente lo que brillaba, se lo metía en el bolsillo. ¡Y qué bolsillo! Un abismo que empezaba en la cadera y terminaba en el tobillo. Él lo llamaba el «profundo», y profundo era.
Había arrancado el oro de los uniformes prusianos, el cobre de los cascos, botones, etc., y todo lo había metido en su profundo, que estaba repleto.