Y ese hijo de reyes, torturado por el deseo de engullir cuerpos brillantes, hacía cuenta de llevarse todo aquello al país de los avestruces cuyo hermano parecía. De no haber tenido su profundo ¿qué hubiera hecho? Sin duda se los habría tragado.
Por las mañanas, su bolsillo estaba vacío, de manera que debía tener un almacén general donde se amontonaban todas sus riquezas. Pero ese almacén ¿dónde estaría? Nunca pude saberlo.
El general, enterado del acto heroico de Tombouctou, hizo que inmediatamente se enterrase á los cuerpos que en la vecina aldea habían quedado para que no se descubriese que los habían decapitado; pero los prusianos volvieron al día siguiente, y el alcalde y los siete habitantes más notables fueron fusilados, por haber denunciado la presencia de los alemanes.
Llegó el invierno y estábamos extenuados y desesperados. Nos batíamos todos los días, y nuestros hombres, hambrientos, ya no podían más. Únicamente ocho negros, tres habían sido muertos, estaban gordos, brillantes y siempre dispuestos para la pelea. Á mí me parecía que Tombouctou engordaba. Un día me dijo:
—Tú, mucha hambre; yo buena carne.
Y me trajo un filete excelente. ¿De dónde lo había sacado? No teníamos bueyes, ni carneros, ni cabras, ni asnos, ni cerdos. Resultaba imposible proporcionarse un caballo, pero no pensé en esto hasta después de haber comido, y una idea horrible acudió á mi imaginación. ¡Los negros aquellos habían nacido muy cerca del país donde se come carne humana! ¡Y diariamente caían tantos soldados alrededor de la ciudad!... Interrogué á Tombouctou pero no quiso contestarme. Y yo no insistí, mas en adelante me negué á aceptar sus obsequios.
Me adoraba. Una noche, la nieve nos sorprendió estando en las avanzadas. Estábamos sentados en el suelo, y compasivamente miraba á los negros que tiritaban tendidos en aquella sábana helada. Como tenía mucho frío empecé á toser, y un momento después sentí que algo caía sobre mis hombros, algo así como una manta de abrigo grande y caliente. Era el capote de Tombouctou.
Me levanté y se lo devolví.
—Conserva eso, muchacho—le dije.—Á ti te hace más falta que á mí.