Él me miraba con ojos que suplicaban, pero yo insistí:

—Vamos, obedece y conserva tu abrigo: lo mando.

El negro se puso en pie, tiró de su sable que cortaba como una guadaña, y levantando el capote que yo me negaba á aceptar dijo:

—Si tú no quié mi capote, corto, y capote pa nadie.

Y como era capaz de hacer lo que decía, acepté.


Ocho días después habíamos capitulado. Algunos de los nuestros habían podido huir, y los otros iban á salir de la ciudad para rendirse á los vencedores.

Yo me dirigí hacia la plaza de armas donde debíamos reunirnos, y el asombro me dejó turulato al encontrarme frente á un negro gigante, vestido de dril blanco, que llevaba á la cabeza un sombrero de paja enorme. Era Tombouctou que, radiante y satisfecho, se paseaba, con las manos metidas en los bolsillos, por delante de una tiendecita en cuyo escaparate se veían dos platos y dos vasos. Y le dije:

—¿Qué haces?

Y él me respondió: