Y, saltando del cochecillo, cogió á uno de los de Tuvache. Y alzándole en brazos le besó con fuerza sus mejillas sucias, sus rubios y rizados cabellos apomazados con tierra, y sus manitas que se agitaban para librarse de tan importunas caricias.

Luego, volvió á subir al cochecillo y se alejó al trote largo. Pero, á la semana siguiente volvió, y sentándose en el suelo cogió al rapaz en brazos, le atracó de pasteles y bombones, y dió caramelos á los otros. Con ellos jugó como hubiera podido jugar una chiquilla, mientras su marido esperaba en el frágil cochecillo.

Volvió otra vez, entabló relaciones de amistad con los padres, y á partir de entonces allí la vieron todos los días, y todos los días les daba golosinas y dinero.

Eran los señores de Hubières.

Una mañana, al llegar, su marido se apeó con ella, y sin pararse á jugar con los chiquillos que ya la conocían perfectamente, penetró en la morada de los labradores.

Allí estaban haciendo astillas para cocer la sopa: se volvieron sorprendidos, les ofrecieron sillas, y esperaron. Entonces la joven, con voz entrecortada y temblorosa, dijo:

—Amigos míos, vengo á hablarles porque quisiera... quisiera llevarme conmigo á su... á su hijo menor...

Los campesinos, atolondrados y sin saber qué pensar, no respondieron.

Ella tomó aliento y continuó:

—Nosotros no tenemos hijos... Mi marido y yo estamos solos, y si ustedes quisieran... lo educaríamos.