La mujer, que empezaba á comprender, preguntó:

—¿Ustedes quieren quitarnos á Carlos? Pues eso si que no...

Entonces intervino el señor de Hubières.

—Mi mujer se ha explicado mal—dijo.—Nosotros querríamos adoptarlo, pero él vendría á verles. Si es bueno, como todo lo hace suponer, será nuestro heredero, y si por casualidad tuviésemos hijos, se repartiría nuestra fortuna con ellos. Pero, si no respondiese á nuestros deseos y cuidados, cuando llegase á su mayor edad le entregaríamos una suma de veinte mil francos que desde ahora depositaríamos en casa de mi notario. Y como también hemos pensado en ustedes, les daríamos, hasta su muerte, una renta de cien francos mensuales. ¿Han comprendido?

La mujer se levantó furiosa.

—Lo que ustedes quieren es que les vendamos á Carlos, ¿verdad? Pues no, y mil veces no. Ésas son cosas que no se proponen á una madre; no, no. Sería abominable.

El hombre, grave y pensativo, no decía nada, pero moviendo la cabeza continuamente, aprobaba las palabras de su mujer.

La señora de Hubières, desesperada, rompió á llorar, y dirigiéndose á su marido y con voz llena de sollozos, voz de niña á la que se satisfacen todos los deseos, dijo:

—¡No quieren, Enrique, no quieren!

Entonces hicieron la última tentativa.