—Pero, amigos míos, piensen ustedes en el porvenir del niño en su felicidad, en su...

La mujer, exasperada, le cortó la palabra:

—Todo está visto, oído y pensado. Vamos, largo de ahí y que no les vea nunca más... Pues ahí es nada, querer quitarnos á un hijo como ése.

Entonces, la señora de Hubières, al salir, vió que los pequeños eran dos, y á través de sus lágrimas, y con tenacidad de mujer voluntariosa y mimada que no está acostumbrada á esperar, preguntó:

—Pero el otro pequeño ¿no es de ustedes?

Tuvache respondió:

—No, es de los vecinos; si quieren hablar con ellos, hablen.

Y entró en su casa donde aún resonaba la voz de la indignada mujer.

Los Vallín estaban sentados á la mesa comiendo lentamente grandes rebanadas de pan que untaban con un poco de manteca, y el señor de Hubières renovó sus proposiciones, pero esta vez tomando más precauciones oratorias y empleando mayor astucia.

Los rurales movían la cabeza haciendo signos negativos, pero cuando se hubieron enterado de que tendrían cien francos mensuales, vacilaron y se miraron con fijeza.