Torturados y vacilantes guardaron silencio durante largo rato, hasta que al fin la mujer preguntó:
—¿Qué dices, hombre?
Y él contestó sentenciosamente:
—Que es para pensarlo.
Entonces, la señora de Hubières, que temblaba de angustia, les habló del porvenir del pequeño, de su felicidad, y del dinero que más tarde podría procurarles.
El labrador preguntó:
—Y esa renta de cien francos ¿nos será prometida ante notario?
El señor de Hubières respondió:
—Sí, y mañana mismo.
La mujer, que meditaba, objetó: