—Cien francos por mes no bastan para que nos privemos del pequeño; dentro de algunos años podrá trabajar, y es preciso que se nos den ciento veinte francos.
El señor de Hubières, que trepidaba de impaciencia, accedió en el acto; y como su mujer quería educar al niño, dió cien francos de regalo y se dispuso á redactar el escrito. El alcalde y un vecino sirvieron de testigos.
Y la señora de Hubières, radiante, satisfecha, se llevó al chiquillo que lloraba desesperadamente, como se hubiera llevado una figulina ardientemente deseada.
Los Tuvache, de pie junto á su puerta, mudos y severos, les vieron marchar y tal vez lamentaron su negativa.
No se volvió á oir hablar del pequeño Juan Vallín. Los padres iban todos los meses á casa del notario á cobrar los ciento veinte francos, y estaban enfadados con los Tuvache porque la madre los agobiaba con ignominias repitiendo á su puerta que preciso era que fuesen seres desnaturalizados para haber vendido á su hijo, y que aquello era un horror, una porquería y un ejemplo de corrupción.
Y á veces cogía en brazos á su hijo Carlos, y zarandeándole y como si pudiese comprenderla, gritaba:
—Yo no te he vendido, hijo mío, yo no te he vendido, pues aunque no soy rica no vendo á mis hijos.
Y por espacio de años y más años, casi diariamente, se repitieron las alusiones groseras, pronunciadas ante la puerta, á fin de que entrasen en la casa vecina. Y la tía Tuvache, por no haber querido vender á su hijo, llegó á creerse superior á todas las mujeres de la comarca. Los que hablaban de ella decían:
—La cosa era capaz de tentar á un santo, pero dió pruebas de ser buena madre.
Se la ponía como ejemplo, y Carlos, que ya tenía dieciocho años, oyendo sin cesar lo que se repetía, llegó también á creerse superior á sus compañeros porque no le habían vendido.