Los Vallín, gracias á la pensión, vivían holgadamente. Y el furor de los Tuvache procedía de esto.

Murió su hijo mayor, el segundo se marchó al servicio militar, y Carlos se quedó con su anciano padre para trabajar penosamente y poder dar de comer á su madre y á las dos hermanas que tenía.

Tendría veintiún años cuando ante las dos chozas se detuvo un coche magnífico, y un señor joven, con reloj y cadena de oro, se apeó dando la mano á una señora anciana que tenía el pelo completamente blanco. Y la anciana le dijo:

—Allí es, hijo mío, la segunda casa.

Y entraron en la morada de los Vallín.

La madre lavaba sus delantales; y el padre, enfermo, dormitaba junto á puerta. Los dos viejos levantaron la cabeza, y el joven dijo:

—Buenos días papá; buenos días mamá.

Se levantaron asustados. La buena mujer dejó caer el jabón en el agua y balbució:

—¿Eres tú, hijo mío? ¿Eres tú?

Él la estrechó entre sus brazos y besándola en las mejillas repetía:—Buenos días, mamá.