Siento una cosa blanca que me roza suavemente. Me apodero de ella, la tomo, la aprieto.
¡Pobre criatura! ¡pobre criatura!
Y de repente, me siento presa... de un «santo ardor» diría, si quisiera ser patético... En fin, en medio de mi aflicción, encuentro palabras hermosas, cálidas, para tranquilizarla.
—Mira, Yolanda—le digo;—tú eres ahora mi mujer. Lo que está hecho, está hecho, y tú misma lo has querido así. Pero no temas que llegue a importunarte yo con mis muecas amorosas o con mis exigencias. Tú tienes en mí un amigo verdadero, un amigo paternal, si esta palabra te inspira más confianza... porque no pienso disimular que tengo muchos más años que tú. Si estás afligida y sientes la necesidad de llorar, échate en mis brazos; en ninguna otra parte podrás descansar más tranquilamente. Refúgiate siempre en mí... aun cuando te figures que yo soy el enemigo contra el cual necesitas protección.
Estaba bien dicho, ¿no es cierto? Era porque la piedad y el buen deseo me inspiraban.
—¡Qué pobre diablo era yo! ¡Como si un poco de juventud no valiera mil veces más que la piedad más tierna!
Pero el efecto de mis palabras fue tan violento e inesperado que llegué a asustarme. De repente ella sale de su rincón y me besa locamente a través de su velo, murmurando entre sollozos:
—¡Perdóname, perdóname, querido, querido amigo!
La escena del cenador vuelve de improviso a mis ojos, recuerdo haberme sentido desconcertado entonces por una frase análoga.
—Pero ¿qué es—digo,—qué es lo que tengo que perdonarte?