Ella no responde, se acurruca otra vez en su rincón y ya no vuelve a despegar los labios... La lluvia ha cesado, pero el viento ruge por entre las junturas de la portezuela; de pronto, un relámpago... e instantáneamente un retumbo. Los caballos dan un salto hacia la zanja. Grito:

—¡Firmes las riendas, Juan!

Naturalmente, él no me oye; pero los caballos no se mueven ya, porque los puños de Juan son de hierro. Nunca he tenido un cochero mejor... El cañonazo no había sido más que una señal; luego, la cosa es por todas partes, a la derecha, a la izquierda; no se ven más que techos incendiados, haces de fuego, torres chispeantes, y el parque se ilumina con una hermosa claridad verde... En una palabra, mi viejo Ilgenstein se ha convertido en un verdadero castillo encantado.

Me estremezco de alegría al pensar que voy a mostrar a Yolanda su nueva morada bajo una gloria semejante. Y esta alegría se la debo a Lotario, a mi querido muchacho... Tal vez le debo más todavía, por que la primera impresión decide a veces de toda una existencia... ella se ha inclinado hacia la ventanilla, y, al resplandor de los fuegos, veo sus ojos animados por una curiosidad ávida, ansiosa.

—Todo esto es tuyo, hija mía—digo, buscando su mano.

Ella no me escucha; parece enteramente absorta en la belleza del espectáculo.

Y en cuando llegamos al patio de entrada, una batahola ensordecedora se alza a nuestro alrededor; gritos, detonaciones, tambores y trompetas. A derecha, a izquierda, antorchas, hachones; y vemos rostros ennegrecidos por el humo, con ojos brillantes y bocas abiertas.

—¡Hurra! ¡Viva el señor barón! ¡viva la señora baronesa! ¡Hurra!

—¡Y un pataleo! ¡y una de gorras al aire!... Los bandidos se han vuelto locos.

Entonces, pienso: «Ella verá, por lo menos, que no se ha casado con un hombre malo. Puesto que mis gentes me quieren...» Y, dispuesto a la emoción, como está uno siempre en circunstancias así, las lágrimas asoman a mis ojos.