Cuando el carruaje se detiene, reconozco a Lotario en el grupo que forman los administradores del dominio. Salto y lo estrecho entre mis brazos:
—¡Hijo mío! ¡mi querido hijo!
Habría querido besarle las manos, en mi agradecimiento.
Al hacer bajar a mi mujer del landó, veo al idiota del administrador en jefe que se apronta para echarnos un discurso sobre la lluvia y el viento.
—¡En nombre del cielo, Baumann, lo disculpo!—le digo.
Y llevo derechamente a la casa a mi joven esposa.
Allí nos esperaban los criados, con el ama de llaves a la cabeza. Hacen sus reverencias y se ríen solapadamente; pero Yolanda avanza, con los ojos fijos, por en medio de ellos.
Entonces me asalta el miedo al pensar en lo que va a pasar.
«No debería haber dejado que mi hermana se fuese», me digo; y, dirigiendo a mi alrededor miradas desconsoladas, descubro a Lotario en la puerta, en vías de irse. Corro a él, le tomo las manos y le digo:
—No hay que escabullirse ahora. Después de toda esta agitación, vamos a beber juntos alguna cosa caliente. Consientes, ¿no es verdad?