Se pone color de púrpura, pero lo llevo adonde está Yolanda, a quien están sacándole el sombrero y la capa.
—Ruégale tú también que se quede—le digo; merece bien una taza de te.
—Se lo ruego—murmura ella sin levantar los ojos.
El hace un saludo correcto y se retuerce el bigote.
Después llevo a Yolanda al comedor, a través de los aposentos brillantemente iluminados. No mira a ninguna parte, y parece no ver todos los esplendores que se han preparado para ella. Dos o tres veces vacila y se apoya fuertemente en mi brazo, y otras tantas veces me doy vuelta yo para ver si, por lo menos, está allí Lotario todavía.
¡Alabado sea Dios!... está ahí todavía.
En el comedor bulle el samovar, de acuerdo con las órdenes que di a mi hermana antes de su partida.
«Si la mandara buscar—me dije,—un coche al galope a Krakowitz, otro a Gorowen, y estaría aquí dentro de una hora.»
Pero no; viejo imbécil como soy, tendría vergüenza de confesar mi turbación... Y además, ¿no tengo aquí a Lotario, al que puedo recurrir en mi aflicción?...
Gracias a Dios, está ahí todavía.