—Siéntense, muchachos—digo, mientras me esfuerzo por adoptar un tono desenvuelto.
Señores, me parece que estoy allí todavía; el mantel blanco, con la fina porcelana de Sajonia y la vieja vajilla de plata; arriba de nuestras cabezas, la araña de cobre; y bajo su luz viva, a mi derecha, ella, pálida, rígida, con ojos entornados de sonámbula; a mi izquierda, él, con sus cabellos negros y espesos, sus mejillas morenas, su arruga sombría en la frente y sus miradas fijas en el mantel... Y, como se me ocurre la idea de que está fastidiado por ser el tercero en una noche de bodas, y temo que se quiera ir, lo tomo afectuosamente por los dos hombros y le agradezco el martirio que se ha impuesto por mí.
—Míralo bien, Yolanda—digo;—porque, como esta noche, muchas otras veces hemos de estar juntos y hemos de alegrarnos de ello.
Ella se inclina lentamente y cierra los ojos del todo... ¡Pobre criatura! ¡pobre criatura!... Y la angustia me corta casi la respiración.
Entonces les grito:
—¡Un poco de alegría, hijos míos! Lotario, cuéntanos, pues, algunas de tus calaveradas. Vamos, ¿tienes cigarros?... ¿no?... Espera, voy a traerte.
Y, turbado siempre, me precipito a la pieza donde tengo mis provisiones de fumador; me parece que la punta encendida de un cigarro va a mejorar la situación.
Pero, al volver, con mi caja debajo del brazo, veo por la puerta que ha quedado abierta... ¡Ah señores! veo una cosa que me hiela la sangre en las venas...
Una vez solamente en mi vida había recibido un golpe parecido. Era entonces un joven coracero, todavía, y una noche, al entrar en casa, encuentro un telegrama con estas simples palabras: «Tu padre acaba de morir.»
¿Qué fue lo que vi, señores?