Mis dos jóvenes seguían sentados en sus sillas, tal cómo yo los había dejado; pero sus miradas aparecían fundidas, por decirlo así, una en la otra, con una expresión de ardor, de demencia, de desesperación, que yo no habría creído humanamente posible: eran dos llamas que se lanzaban una al encuentro de la otra.
¡Lucido estaba yo! ¿no es cierto?
Todavía no era ella mi mujer, y ya mi amigo, mi hijo preferido, me engañaba con ella... El adulterio se instalaba en el hogar antes mismo que el matrimonio estuviera consumado.
Todo mi porvenir: una vida de sospechas, de recelos, de tinieblas, de ridículo, de días sombríos y de noches de insomnio, se desarrolló a mis ojos, ante aquella sola mirada, como un mapa geográfico.
¿Qué hacer, señores? Lo más sencillo habría sido tomarla a ella de la mano y decirle a él:
—Es tuya, y no tengo ya derechos sobre ella.
Pero pónganse ustedes en mi lugar. Una mirada es una cosa tan impalpable, tan imposible de probar... podían negarla, riéndose... Sí... hasta podría ser también que, en realidad, yo me hubiera equivocado.
Y, mientras me hacía estas reflexiones, sus miradas seguían mezclándose, olvidados ambos de todo lo que los rodeaba.
Y, cuando entré, no bajaron siquiera los párpados, sino que los dos se volvieron hacia mí, sorprendidos y contrariados; parecían preguntarse: «¿Por qué nos perturba este viejo, este extraño?»
Tuve ganas de ponerme a chillar como un animal cuando lo degüellan. Me dominé, y ofrecí mis cigarros; pero tenía prisa por concluir, empezaba a verlo todo rojo, y dije a Lotario: