—Deberías retirarte, hijo mío; ya es hora.

El se levanta penosamente y me tiende una mano helada; hace a ella, con los talones juntos, su saludo más militar, y se dirige hacia la puerta. Entonces oigo un grito, un grito... que me atraviesa hasta la médula de los huesos... ¿Y qué es lo que veo?

Mi mujer, mi reciente esposa, se ha echado a los pies de Lotario, lo retiene por la ropa, gritando:

—¡No tienes que matarte! ¡no tienes que matarte!

Ya ven, señores... toda una catástrofe... Durante un segundo, me quedé como aplastado por el golpe; pero inmediatamente tomé al joven por el cuello:

—¡Alto, hijo mío!—dije,—¡basta de farsas!

Y, asiéndolo siempre por el cuello, lo llevo otra vez a su sitio; después, cierro las puertas y levanto a mi mujer, que solloza convulsivamente, tendida sobre el piso. Ella consigue apoderarse de mis manos y las besa, murmurando entre gemidos:

—No lo dejes salir. Quiere matarse... quiere matarse...

—¿Y por qué quieres matarte, hijo mío?—pregunto.—Si tienes sobre ella derechos más antiguos que los míos ¿por qué no los has hecho valer? ¿Por qué has engañado a tu mejor amigo?

El se aprieta la frente con los puños y no dice una palabra.