La cólera me arrebata al fin, y digo:

—¡Habla, o te pego como a un perro!

—¡Pega!—me dice;—lo tengo bien merecido...

—Merecido o no, vas a responderme.

Y entonces, en medio de las lágrimas, de los remordimientos, de las súplicas de ambos, oigo toda la bonita historia.

Algunos años antes se habían encontrado en el bosque, y desde entonces se amaban, en silencio y sin esperanza, como conviene a hijos de familias enemigas.

Los Montescos y los Capuletos...

—¿Se habían declarado ustedes su amor?

—No... pero se habían besado.

—¡Ah!... ¿y después?