Después, él se había ido de guarnición a Berlín, y ninguno de los dos había vuelto a tener noticias del otro; no se atrevían a desafiar el peligro de escribirse, y, por otra parte, ninguno conocía positivamente los sentimientos del otro.
En eso había ocurrido la muerte del viejo Pütz, y habían comenzado mis tentativas de reconciliación.
Desde el momento de mi primera aparición en Krakowitz, Yolanda había formado el proyecto de tomarme por confidente de su amor: esperaba tener así noticias de Lotario, por mi intermedio. Pero ¡ay! yo había interpretado mal sus tiernas miradas, y había tomado para mí el papel de enamorado...
El acceso de furor de su querido papá le había hecho ver que ya no tenía nada que esperar; y, en su desolación, había resuelto aprovechar el único medio de aproximarse, por lo menos, a su amado.
—No era muy bonito eso, corazón—le digo.
—¡Sufría tanto lejos de él!—me responde, como si esa explicación pudiera ser satisfactoria.
—Perfectamente... no había más que hacer. Pero tú, hijo mío, ¿por qué no te has acercado a mí y me has dicho: «Tío, yo la amo... ella me ama... de modo que déjala estar?»
—Yo no sabía si ella me amaba—responde.
—¡Cada vez más lindo! Son ustedes dos inocentes; dos corderos... ¡Completamente!... ¿Y cuándo, pues, lo han puesto todo en claro?
—Esta tarde, mientras tú dormías.