Y me contaron la cosa: después de la comida, en un solo apretón de manos, habían sentido todo el horror de su situación, y, no encontrando otra salida, habían resuelto morir aquella misma noche.
—¡Cómo! ¿tú también?
En lugar de responder, ella saca del bolsillo un frasquito de aspecto enteramente divertido, con su cabeza de muerto sobre el rótulo.
—¿Qué hay ahí dentro?
—Ácido prúsico.
—¡Diantre! ¿Y de dónde lo has sacado?
Un joven farmacéutico, del que había recibido lecciones de baile, y al que había trastornado la cabeza, le había hecho una vez ese encantador regalo...
—¿Y te ibas a beber eso, perra?
Ella me miró con sus grandes ojos resueltos e inclinó dos o tres veces la cabeza... Comprendí muy bien, y sentí un calofrío... ¡por un poco más, aquélla habría sido una linda noche de bodas!
—Pero ahora, ¿qué voy a hacer yo con ustedes dos?