—¡Sálvanos!... ¡ayúdanos!... ¡ten piedad de nosotros!

Se han arrojado a mis pies y me lamen las manos. Ahora bien: como ustedes saben, señores, yo soy un buen muchacho; esa es mi profesión... Encontré, pues, un medio de anular cuanto antes mi matrimonio frustrado.

Juan recibió orden de enganchar; y, un cuarto de hora más tarde, llevaba a mi desposada de doce horas a Gorowen, al lado de mi hermana, bajo la égida de quien debía permanecer hasta que el divorcio hubiera sido concedido; por nada del mundo quería volver ella a la casa de su padre...

Lotario me preguntó con toda candidez si no podía acompañarnos.

—¡Lárgate de aquí cuanto antes, mocoso!—le dije.

Sé mostrarme severo cuando es menester, señores...

Cuando volví a casa, el reloj marcaba las cinco... Ya no podía más de cansancio; las piernas se me entraban en el cuerpo.

Todo estaba en silencio. Antes de partir, había mandado a mi gente que se acostara. Al atravesar el vestíbulo, donde ardían las luces todavía, vi una puerta rodeada de guirnaldas. Daba al famoso dormitorio cuya entrada me había prohibido mi hermana, a fin de que tuviera una gran sorpresa el día de mis bodas.

Abrí por curiosidad, y mis miradas se hundieron en una verdadera capilla ardiente, de la que se desprendían perfumes desconocidos... Colgaduras por todas partes, alfombras... una lámpara de iglesia pendía del cielo raso... y, allá, en el fondo, sobre un estrado, se alzaba una especie de catafalco, con adornos dorados y un cubrepiés de seda...

¿Y allí dentro era donde habría tenido que dormir yo?