Después, avergonzada sin duda de su vivacidad, se deja caer ruborosa sobre el banco de césped.
—¿De veras?—dice con los ojos brillantes.
Ella hace un leve mohín y dice vivamente:
—¿Hay que hacer tanto esfuerzo acaso? La mujer de un hermano es casi una hermana ya.
Y, midiéndolo de pies a cabeza con una sonrisa, añade:
—Creo que, con un hermano como tú, se podría ir a cualquier parte.
—Cinco pies y diez pulgadas, ex hulano de la guardia... ¡si basta eso!...
—Y en último término, tú serías también un buen compañero de juegos.
—¿Necesitas uno?
—¡Oh sí!—responde ella con un suspiro;—la vida es aquí tan tranquila, tan seria... No hay nadie con quien pueda uno correr como hacía yo en otro tiempo con mis hermanos. Con frecuencia he estado a punto de tomar por el cuello a un mozo del molino; pero ¡la dignidad!... ¡el respeto!...