—Bueno, pues ahora estoy yo—dice él, riendo.
—Por eso fundo en ti grandes esperanzas.
—Entonces, tómame por el cuello.
—Tienes demasiada harina encima.
—¡Vaya una mujer de molinero, que tiene miedo a la harina!—dice Juan en tono burlón.
—Deja—concluye ella,—que ya llegará la hora en que ponga a prueba tus habilidades de jugador.
IX
Mientras los tres descansan en el emparrado, a la hora del crepúsculo, Juan, que con la cabeza oculta entre los pámpanos sueña en silencio como su hermano, siente de pronto una cosa redonda, que no acierta a definir, chocar contra su frente y caer al suelo. «Quizás sea una cochinilla» se dice; pero el ataque se repite por segunda y tercera vez.
Entonces lanza una mirada recelosa a Gertrudis, que estatua viva de la inocencia, canturrea melancólicamente la tonada: En un fresco valle. Sin embargo, entretanto fabrica a hurtadillas las bolitas de pan que le sirven de proyectiles.
Juan reprime un acceso de risa y coge disimuladamente una rama de viña, de la que penden todavía algunos racimos secos del año anterior. Ella le lanza un nuevo proyectil; y él le dispara, pronto para la respuesta, un grano a la nariz. Ella se estremece, lo mira un momento toda desconcertada; y, al inclinarse el joven hacia ella, con el rostro más serio del mundo, lanza una ruidosa y alegre carcajada.