—Entonces, voy a escribir encargando para ti unos a la ciudad. Bastará que me des la medida.
—Sí... ¿quieres? ¡mi querido, mi buen Juan!...
Y de pronto, soltando su brazo, se adelanta algunos pasos y grita:
—¡Atrápame!
Y huye como el viento.
Juan se pone a perseguirla; pero está fatigado y no puede alcanzarla. Atraviesan el puente levadizo y continúan su carrera por el prado inmenso, que termina allá, en el bosque de abetos. Gertrudis da un regate hábil, pasa como una flecha junto a Juan, y antes que él haya podido seguirla está al otro lado del río. Sin aliento, toma la cadena con que se hace mover el puente levadizo y tira con todas sus fuerzas: la pieza de madera chirría girando sobre sus goznes, y se levanta en el aire en el momento mismo en que Juan va a precipitarse sobre el puente. Sorprendido, lanza un grito, y con violento esfuerzo, agarrándose a la viga, consigue detener su impulso al borde del abismo.
Gertrudis se ha puesto lívida; toda desconcertada, lo mira fijamente. El, tratando de recobrar el aliento, hunde sus miradas en la sombría corriente.
—¡No había pensado en ello, Juan!—balbucea la joven implorando su perdón con los ojos.
Juan se echa a reír. Una alegría feroz, que le hace olvidar todo peligro, se apodera de él.
—¡Espera! ¡espera!—exclama, abriendo los brazos;—te pillaré de todos modos.